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Los orígenes de la brujería
La brujería es tan antigua como la necesidad humana
de seguridad y está tan unida a las creencias religiosas
que no puede sino asombrarnos que durante siglos se haya insistido
en vilipendiar a una para alabar las bondades de la otra, como
si realmente fueran tan distintas. Si tuviésemos que
trazar una línea divisoria entre brujería o magia
y religión lo más acertado sería decir
que el sacerdote o el santo es el mago oficial mientras que
el brujo es el mago extraoficial.
La práctica mágico-religiosa es simplemente
una respuesta, bien institucional (el milagro) bien popular
(el maleficio, el conjuro) a un grupo de acontecimientos concretos
que afectan a la vida del hombre y que éste no controla
y muchas veces tampoco entiende: amor, fertilidad, riqueza,
azar, fenómenos meteorológicos, poder...
¿Seres monstruosos o hadas protectoras?
En el mundo griego existieron diferentes
tipos de brujas, destacando dos: la alcahueta decrépita,
horrorosa y perversa que se aprovechaba de seres inocentes
y desamparados, como la Dipsas de Ovidio y la Strix, una bella
mujer que de noche se transformaba en pájaro y volaba
en busca de carne humana.
La capacidad de la bruja
de metamorfosearse en animal junto a la habilidad para preparar
y utilizar todo tipo de venenos y el desproporcionado apetito
sexual, son otros de los atributos con los que la antigüedad
clásica "adornó" a la bruja; atributos que la
Edad Media hizo suyos. Y, sin embargo, la bruja es también
el ser benigno, protector de las cosechas y los nacimientos,
garante de la prosperidad de la comunidad. En su ambivalencia
y su cercanía reside su éxito.
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